«Diez de la mañana, el viento se pone inquieto, hace rodar una tineta que la carpintera puso para juntar agua de lluvia; imitamos a la familia vecina y acopiamos leña en la galería, busco un fierro para sostener la rama cargada con los primeros limones. Las nubes expanden su carga hacia los costados, el cielo se enturbia. Sabiendo el daño que puede causar una tormenta, deseamos que aparezca cuanto antes, como esos personajes de los que se habla durante varias páginas del libro y que la autora se resiste a presentar. Qué horrible debe ser para ella que sus lectores pasen por alto esas páginas de trabajo y gozo para satisfacer la ansiedad trivial de conocer al fin al personaje en cuestión.»
En un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires, rodeado de campos sembrados de soja, casas de fin de semana que se multiplican como libros, y yuyos con propiedades para curar y alimentar al mundo entero, la escritora sale a dar la vuelta al perro hastiada de que todo lo que la rodea tenga un sentido productivo. ¿Se podrá escribir contra el sentido?
Camina y encuentra a los hombres reunidos delante de una casa bajo el aguaribay más grande del pueblo, cuentan historias entre chatarras, como si fuera la versión pampeana del salón literario. Observa a las liebres, va en moto a comprar huevos, charla con la vecina, inventa preguntas que podrían acercarla a vislumbrar lo sagrado.










